Kristi Stassinopoulou
Desde el otro lado de nuestro mar
El siguiente texto es un regalo que la artista griega ha querido ofrecer a nuestros lectores para agradecer la hospilidad con la que fue recibida durante su visita a nuestro pais, un detalle que viene cargado de sensibilidad y que nunca podremos agradecer lo suficiente.
El siguiente texto lo escribí en el aeropuerto de Barcelona, en la habitación del hotel y en nuestra casa de Atenas. Está dedicado a la memoria de nuestra mejor amiga: Thalia Iakobidou. Gracias a su perseverancia, su fe y su trabajo, conseguimos escapar del conservador círculo musical de nuestro país, viajar y tocar nuestra música por todo el mundo. Thalia esperó a que volviéramos del Forum, a que le contáramos nuestras novedades y después falleció, con 39 años . . .
Buen viaje . . .
Stathis, el grupo y yo volamos con Iberia a Barcelona. Un estado de ánimo viajero y poético no me deja dormir sobre la almohadilla. Puede ser el olor del queroseno o la velocidad del vuelo, eso que llaman jet lag, que en cierto modo te saca del tiempo y lugar real y te sumerge en un agradable mareo, una alucinación con imágenes, sonidos y palabras. Esta vez las imágenes, los sonidos, las palabras vienen todas de España. Aparto la almohadilla de los hombros, saco lápiz y cuaderno y empiezo:
Es la primera vez que vamos a aterrizar en Barcelona y quedarnos allí. Todas las anteriores ocasiones en el aeropuerto de Barcelona simplemente cambiábamos de avión hacia algún otro destino.
Nuestro primer directo en suelo español no fue ni siquiera en la península. Santa Cruz de Tenerife era el nombre de la ciudad que nos había invitado. Para llegar hasta aquel lugar del mapa volamos de noche sobre toda la extensión de España, hasta salir al océano Atlántico y ver desde arriba las Islas Canarias con sus luces somnolientas y humeantes entre los vapores del inmenso mar.
Junto con Pedro, el organizador, un aroma de África nos recibió en el aeropuerto de Tenerife. Al amanecer, nos despertaron unos ritmos africanos, que parecían sonidos de la jungla. Eran los exóticos pájaros del parque de enfrente del hotel y en medio de ellos “un gallo flamenco”. – “¡Oye, aquí hasta los gallos cantan como flamencos!” – oí decir a Stathis en mis sueños: Claro que sabemos que el flamenco nació en Andalucía y no en Santa Cruz de Tenerife, sin embargo era nuestro primer desayuno en España y la broma del grupo, mientras tomábamos el café, era que aquí hasta el gallo está ronco y canta flamenco.
Después del concierto anduvimos horas por los bares y las calles de La Laguna, inundadas de estudiantes que se divertían el sábado por la noche. Aquella noche todo el grupo estuvo de acuerdo: ¡España nos va!
Pero, ¿qué España?, a Tenerife le siguieron el País Vasco y Cantabria. Parece que el océano Atlántico nos cautiva. Bien lo vemos de Bilbao, bien de Santander o simplemente lo olemos de lejos, mientras vemos la puesta de sol entre los plataneros de Orejo. Cientos de tiendas de campaña llenas de frikis están montadas alrededor del bosque del festival. Nos recuerdan las playas que frecuentamos en verano, en las alejadas y solitarias islas de Grecia. Allí donde la acampada libre es todavía posible, ya que no hay pasma. ¡Las mismas caras!
No es sólo el Mediterráneo lo que nos une con esta gente. No es sólo el sur y el temperamento común de los pueblos que viven en climas templados. Es la forma de moverse, de vestir, los nuevos hippies, los porros, el rock, la electrónica, la búsqueda de músicas auténticas y nuestros ritmos, el yoga, el thai chi, el zen, la meditación, Tom Robbins, Clive Barker,…Estas cosas las siento en el aire en el momento del concierto, mientras abajo todos bailan en situación de éxtasis, aunque no entienden ni una palabra de lo que digo.
Aquel concierto de Orejo fue uno de los mejores en España y todo el grupo al brindar una vez más está de acuerdo gritando: ¡Cantabria nos va! En aquel momento la enorme camarera y cocinera del restaurante de la estación local, donde nos llevaron a comer, se inclina amenazante sobre nuestras cabezas para controlar nuestros platos y, como una típica madre mediterránea, para reñir a los que no se han comido todo.
Vamos de nuevo al Mediterráneo . . . Vamos al sudeste.
Apenas han pasado tres meses desde aquel significativo viaje y el concierto de Almería. (Fue nuestro último viaje en compañía de Thalia, antes de enfermar) Andalucía, sin haberla visto nunca, me gustaba desde pequeña, cuando leía a Lorca. Me gustaba porque imaginaba que se parecería al sur del Peloponeso y olería como éste y como las secas, agrestes islas de las Cícladas. Y finalmente tenía razón.
Heridas costas de Andalucía . . . Herida playa de Mojácar . . . Herido y lleno de cemento Parque Natural del Cabo de Gata . . . Pensaba que los odiosos guetos turísticos sólo crecían en nuestras playas antes secretas e inaccesibles, remplazando los cactus, los olivos y las chumberas por . . . cesped. Pensaba que la corrupción, el soborno, el mal gusto y la codicia eran sólo fenómenos griegos y que no existirían aquí en la patria de Lorca . . . – “No quiero ver la sangre derramada . . .” de las antiguas playas naturales y libres, donde “Los secretos de las rocas” ya no se oyen . . .
Volvimos a la ciudad, a la gran hospitalidad de los organizadores, a las peligrosas, como nos habían dicho algunos, callejuelas de los gitanos que, sin embargo nos parecieron más amistosas que los adosados de cemento con piscina de la costa, las tumbonas y las sombrillas alquiladas. Aquella noche canté pensando en todo esto en la cima del castillo medieval de Almería, mirando fijamente desde lo alto el mar Mediterráneo, y por dentro lloraba.
Así también desde lo alto observaba el mar, cuando escribía los versos de la canción “Las olas” hace dos o tres años en la isla de Anafi, a diecisiete horas de El Pireo. Era una de las muchas veces que habíamos subido a pasar la noche con los sacos de dormir en la azotea del pequeño monasterio abandonado, construido en la cima puntiaguda de la enorme roca de granito en el extremo sudeste de la isla. Esta roca sobre el mar tiene 350 metros de altura y se parece, dicen, al Peñón de Gibraltar. Desde allí arriba se ve uno de los más bonitos amaneceres del mar Egeo, mientras la punta de granito sobre la cual has dormido intercambia enormes cargas eléctricas con la humedad del cielo y, así, te cargas tú también como una batería. ¿Será realmente el intercambio de cargas eléctricas el que te llena de energía allí arriba, o quizás es simplemente la belleza del lugar en el momento en que sale el sol? ¿Quién sabe . . .
Una vista parecida veo ahora, en este mismo momento. Veo el sol que sale completamente rojo del inmenso mar azul, sin embargo no estoy metida en el fresco saco de dormir, sino envuelta por suaves moquetas blanquísimas y esta visión mágica la veo detrás del enorme cristal que me rodea. El milagro es el mismo visualmente, pero los olores, la sensación, el lugar donde me encuentro son tan diferentes. ¿Qué pinto yo aquí arriba, cómo es que estoy enjaulada dentro de este altísimo y claustrofóbico edificio? Despierto a Stathis – “¿Dónde estamos amor mío? ¡Mira!”
Rascacielos high tech, fabricas metálicas con enormes chimeneas cilíndricas, que no sé qué sacan, calles, puentes aerodinámicos, centros comerciales con diferentes plantas, cemento y cristal por todas partes. -¿Qué son todos estos logros del ser humano bajo el sol naciente, estamos quizás en Japón, o en Kuala Lumpur, hasta dónde nos han llevado “Los secretos de las rocas”?
-”Hasta el Forum de Barcelona, cariño, tranquilízate . . .”- me respondió mi novio recien despertado. Al poco empezó la aventura del descenso de los 21 pisos del Barcelona Princess para tomar el café de la mañana. Al fin llega el ascensor de cristal hasta nuestra terrible altura y empieza el largo viaje hacia abajo. Los tejados de Barcelona se van acercando poco a poco y yo me siento como la Margarita de Bulgakov, pero sin la pomada mágica que le ayudaba a volar. Una desagradable sensación de encierro amenaza con envolverme a cada momento. ¿Crees que la voy a sentir como Margarita, que fue arrastrada por el maestro? Pero no por suerte. De nuevo mi buena voz interior me recuerda que con pomadas mágicas o sin ellas nosotros tenemos que ser flexibles y agradecidos, abiertos y dóciles con lo que nos ofrecen en esta vida. Apoyo mi espalda en el cristal y disfruto de la bella vista de Barcelona.
Me había enterado antes de venir de que las objeciones de la gente eran muchas y serias, paralelamente eran muchos los argumentos a favor de esta inmensa y, me imagino, carísima organización y de la construcción de este fantasmagórico parque estilo high tech de la cultura. Lo llamaría “Disneyland” de la cultura. Veo los turistas de diferentes edades (sobre todo mayores, diría) que hacen cola delante de las entradas del Forum y después aguantan el cacheo, que antes nos hubiera parecido ciencia ficción, y ahora se ha convertido ya en una costumbre cotidiana, algo como la ducha diaria, todos los días una, dos veces alguien uniformado o sin uniformar que te cachea y resulta que a lo mejor llevas explosivos . . .
Provengo del país de los antiguos sofistas, es decir, de aquellos filósofos y oradores que en un momento podían convencerte de algo, y al siguiente convencerte de exactamente lo contrario a la anterior teoría. Y como este juego me gusta también a mí, y lo juego a veces conmigo misma, me embrollo totalmente con las refutaciones, las disputas y los diferentes puntos de vista que yo misma me invento. Así pues, no lanzaré argumentos ni en contra ni a favor del Forum. No me afecta, para ser sinceros. . . . Nos llamaron para tocar aquí y vinimos por nuestra propia voluntad.
Porque yo también quiero arrojar mis explosivos, que de todas maneras no pueden ser descubiertos ni por las máquinas ni por las caricias de la policía. Se disparan en mi garganta, cansada o en forma, y sobre todo en mi cabeza y mi cuerpo. Y además se disparan en mis melodías huidizas, las guitarras y los trucos electrónicos de Stathis, en el ruidoso sonido de la gaita de Giorgos, en la vieja lira de Stellos y en los embrujados tambores de nuestro amigo Solis que colorean tan bien todo lo que quiero decir.
Estos son por tanto los explosivos en los cuales yo creo. Los llamaría mejor bengalas. Bengalas de colores que revientan y nos alumbran momentáneamente. Lo pasamos bien, nos hacemos un poco mejores y, así, cambiamos nosotros mismos las agitaciones del espacio-tiempo que nos rodea. Mientras nuestras bengalas, a nuestras espaldas, siguen su brillante viaje hacia el espacio y, allí donde no lo esperas, te envían de nuevo mensajes con hermosas descripciones de momentos del pasado o del futuro.
¡ Batonga, muchas gracias por la hospitalidad de la revista! ¡Cataluña muchas gracias y a ti! ¡Buen viaje Thalia . . . ¡Feliz reencuentro en el pasado o en el futuro . . .
Traduccion : Hilario Goenaga